En el siglo XX:
A comienzos del presente siglo, las rancherías de pescadores estaban localizadas a lo largo de toda la costa peninsular. En contraste con la abundancia de pescado, el agua escaseaba y este problema se hacía aún más difícil de sobrellevar entre las familias de pescadores, por las sequías prolongadas que todavía hoy caracterizan el medio ambiente.
Como el dinero no circulaba, el producto de la pesca era intercambiado por agua y muy frecuentemente también por sal, la cual era indispensable para conservar el pescado. Los propietarios de tierra podían ser dueños de buena parte de las salinas y los pescadores se veían forzados a comprarles la sal pagando con pescado.
Entre los pueblos del interior, siento de los grandes y medianos propietarios, con un producción básicamente agrícola y ganadera, y los pescadores de la costa, se establecieron con estas relaciones de intercambio fuertes nexos de dependencia, los cuales podían dar origen relaciones de subordinación cuando los pescadores no eran dueños de sus embarcaciones. En este caso, el pescador participaba en la salida de pesca como mano de obra y el patrono, dueño de la embarcación, permanecía en tierra después de fijar las condiciones de trabajo. Una de ellas era “la deuda”. Como los pescadores no eran pagados en jornales, recibían “a cuenta de la pesca”, del dueño de la embarcación, usualmente también dueño de la bodega, provisiones para la familia. Al regresar a la playa con la captura, la parte de producto que correspondía al pescador, nunca alcanzaba para saldar “la deuda” contraída y ésta era transmitida de padres a hijos. Estos a su vez, eran obligados a trabajar por el dueño de la embarcación durante años, sin poderse liberar de la sujeción a la que los sometía “la deuda”.
(Tomado de “Pescadores de Paraguaná”, de María Matilde Suárez y Eduardo Bermúdez Gómez).
(Continuará)
Después de Ojeda, la labor de explotación y colonización del territorio peninsular fue proseguida por Juan de Ampíes en 1526. A fines del siglo XVII, la población aborigen había disminuido sensiblemente su tamaño. Buen número de Caquetíos había sido trasladado a la fuerza por islas de Curazao, Aruba y Bonaire (Ramos 1978). Avanzado el siglo XVIII, la prosperidad de la economía colonial dependía de la agricultura y la ganadería. Los hatos proliferaron en las tierras del interior y el régimen de posesiones concentró la propiedad territorial en manos de las familias que siendo descendientes de los españoles, tenían el mayor rango económico y social de la población. En la costa, los puertos y fondeadores eran muy numerosos, la pesca seguía siendo abundante y la producción eran destinada al consumo y al comercio local. Sobre el particular, Altolaguirre y Duvale (1954) refieren que entre 1767 y 1968 “tienen los habitantes de dicha Península, la pesquería de abundante pescado, y tortuga, el que salado le sirve para el propio sustento, y para comerciarlo con los vecinos de esta Ciudad, y labradores de los campos, a trueque e dinero, y frutos, comestibles”.
Esta situación se mantuvo más o menos estable hasta la guerra de la independencia (1810-1823) cuando la destrucción se adueñó del territorio. Los indígenas eran partidarios del régimen español (Arcaya 1974); no obstante la guerra generó en estas poblaciones una importante disminución demográfica: “los dos pueblos de indios que antes de la guerra pasan de ocho mis almas, después de ella no llegaban a un mil ochocientas. Las guerras, el hambre y la emigración había acabado con ellos”.
La Península, alrededor de 1830, era una tierra asolada. Los ejércitos habían consumido los rebaños y la agricultura, abandonada por falta de mano de obra, apenas producía para subsistir (Arcaya 1974). La pesca era para esa época una actividad económica secundaria, destinada al consumo y al comercio local. Los pescadores formaban pequeños núcleos en enramadas y rancherías diseminadas a lo largo de las costas.
Después de la guerra comenzó un lento proceso de reconstrucción económica basado en gran parte en una nueva ley de tenencia de la tierra, según las cual la propiedad comunitaria indígena quedaba disuelta (Gonzáles Batista 1984). Comenzaron a llegar contingentes de población atraídos por el comercio de las tierras, siendo éstas adquiridas por criollos que progresivamente fueron formando grupos de medianos y grandes propietarios: “los nuevos propietarios, el dinamismo que adquiere durante la primera mitad del siglo la compra-venta de derechos en las posesiones contribuyó a repoblar y renovar el vecindario peninsular”.
(Tomado de “Pescadores de Paraguaná”, de María Matilde Suárez y Eduardo Bermúdez Gómez).
(Continuará)
La península fue descubierta por Alonso de Ojeda en el año de 1499. Fue él quien puso el nombre al cabo San Román, en el extremo septentrional y fue él quien en 1504 hizo la primera referencia escrita a Paraguaná, palabra de origen Arawak cuyo significado posible es “dentro del agua” (Gonzáles Batista 1984). En su segunda expedición, que salió de Cádiz en 1502, Ojeda tuvo una iniciativa considerada como el “primer intento colonizador en el continente”. Nos referimos al establecimiento de Santa Cruz. Este fue un recinto defensivo rodeado de una muralla a medio terminar que Ojeda y sus compañeros destinaron a la guarda de bastimentos y armas. Fernández de Navarrete fue el primero en dar noticia de la existencia de Santa Cruz, pero ubicándolo en Bahía Hoda en la Península de la Goajira. Posteriormente, Arcaya señaló que Fernández de Navarrete se había equivocado y que Santa Cruz fue establecida en tierras paraguaneras, posiblemente en lo que es hoy el poblado de Los Taques.
No obstante este primer intento fallido de colonización el poblamiento de la costa nororiental de Paraguaná prosiguió y como el propósito de Ojeda era fundar poblaciones para explotar los yacimientos de oro y perlas que presumiblemente existían en la zona, los núcleos de población se fueron estableciendo a lo largo de la costa.
La existencia de manantiales fue un factor determinante para que desde los inicios de la conquista se diese un poblamiento costero de la península. Ese fue el caso de Nicolás Federman quien en 1530 entró por la bahía de Chaure y desembarcó en la Macoya al norte, en las inmediaciones de una fuente de agua de indudable valor estratégico para el poblamiento.
Además de las fuentes de agua, otro de los requerimientos en el proceso colonizador que contribuyó aún más al poblamiento de la costa, fue la instalación de puestos de vigilancia en manos de los Caquetíos para prevenir las frecuentes incursiones de holandeses e ingleses.
(Tomado de “Pescadores de Paraguaná”, de María Matilde Suárez y Eduardo Bermúdez Gómez).
NUESTRAS RAÍCES
A pesar de la separación geográfica del resto del territorio impuesta a la península por la insularidad y el istmo, allí florecieron poblaciones aborígenes pertenecientes a la tradición cultural Dabajuroide. Las evidencias arqueológicas indican que alrededor de los 600 años D.C., en la época Neo-India, estos grupos fabricaban cerámica usando la técnica del enrollado. La decoración más usual eran los motivos geométricos polícromos y los diseños punteados. Las bases de las vasijas eran anulares caladas, los boles tenían los lados encorvados y las ollas los cuellos acintados. Los yacimientos Dabajuroides están formados por acumulaciones de desperdicios de comida y los hallazgos sugieren que esas poblaciones tuvieron una subsistencia íntimamente ligada al mar. Conchas, restos de moler, metates y gubias de concha, hacen pensar que los Dabajuroides basaron sus subsistencia en la pesca y la recolección de moluscos, crustáceos y frutos silvestres.
Se supone también que las poblaciones aborígenes de Paraguaná y del norte del Estado Falcón fueron, además de recolectores marinos, cazadores de pequeñas especies animales y agricultores incipientes. Estas poblaciones tenían en la concha y el hueso las materias primas más usadas para satisfacer sus necesidades tecnológicas.
LAS CUMARAGUAS:
Es un sitio natural tipo salinas, ubicadas al noreste de la Península de Paraguaná, específicamente en el municipio Falcón. Su acceso es por vía terrestre.
Presentan un espectáculo digno de ver en horas del atardecer, cuando el tanino que contienen las aguas que irrigan ese sector les torna el color rojizo. Posee excelentes playas para la práctica del windsurf, donde se acostumbra hacer regatas.
EL CERRO SANTA ANA:
El Cerro Santana, localizado en el centro de la Península de Paraguaná, fue declarado Monumento Natural, mediante Decreto Ejecutivo Nº 1.005, de fecha 14 de Junio de 1972. El Cerro Santa ana se destaca por ser la única elevación con 830 metros de altura, en la Península de Paraguaná. Su cumbre realmente está constituida por tres picos que se extienden de este a oeste en el siguiente orden: el Picacho de Buena Vista, el Picacho de Santa Ana (centro) y el Picado Moruy (el más alto).
MÉDANOS DE CORO:
Fue declarado Parque Nacional el 06 de Febrero de 1974. Los Médanos es un paisaje desértico único en Venezuela. El Parque abarca una extensión de 91.280 hectáreas, de las cuales 42,160 son de tierras continentales y más de 49.120 de superficies marinas.
Los Médanos de Coro están ubicados exactamente en jurisdicción de los Distritos Miranda y Falcón del Estado Falcón. Los Médanos se inician en Coro y abarca el territorio del Istmo que lleva su nombre.
Los médanos cambian gracias a la acción del viento, lo que constituye la característica más destacada de este parque. En los alrededores se encuentran manglares, espinares y tierras con vegetación herbácea. El número de especias vegetales es reducido, debido a la aridez de la zona. Predominan el cují, el cactus, las tunas y los cardones. La fauna es asimismo escasa. Predominan los reptiles y lagartos. Los mamíferos más comunes son el chivo, el zorro común, murciélago, oso hormiguero y conejo.
Según Gerardo Yépez Tamayo, los Médanos de Coro se formaron por la acción constante de los vientos alisios que soplan por lo general de este a oeste.
En general, el proceso de formación de los desiertos como los Médanos, que son dunas o acumulaciones de arena es un proceso erosivo de mucho tiempo de la acción constante del viento sobre las rocas. El viento al desplazar las rocas continuamente y por un periodo largo de tiempo, las parte en pedazos muy pequeños convirtiéndolos en arena. Luego esta arena al desplazarse, por la constante acción del viento, se va acumulando en montones, sobretodo cuando encuentra algo que las detiene, y así se van formando las dunas, que continuamente cambian de forma ya que están en continuo movimiento. Por ello también los médanos han recibido el nombre de arenas nómadas.