En esta época, (a comienzos del siglo XX), las destrezas de los tripulantes eran lo suficientemente precisas como para asegurar un cierto nivel de trabajo especializado. La repartición del pescado era igualitaria entre los miembros de la tripulación pero si el encargado era dueño de la embarcación le tocaba percibir como tripulante y dueño. Si el dueño de la embarcación no formaba parte de la tripulación acostumbraba distinguir los servicios del encargado dándole un regalo también en pescado. Los excedentes, una vez cubierto el consumo de la familia, eran comercializados localmente en los pueblos del interior o con las embarcaciones que tocaban de paso los puertos y fondeaderos. “Carirubana, Punta Cardón, Los Taques y Amuay, fueron grande surtidores de pescado de los mercados del centro del país. El pescado salado de Paraguaná era famoso... la producción... se despachaba hacia Puerto Cabello, el mejor comprador que tenía el carite y el lebranche de la península”.
Hubo un hecho demográfico ocurrido a mediados de la segunda década que tuvo repercusión en la pesca. Una sequía que afectó toda la Península acabó con las cosechas y los campesinos migraron a la costa. Se produjo en consecuencia un aumento de población y hubo mayor disponibilidad de mano de obra. Los recién llegados de menores recursos se convirtieron en remeros, otros se dedicaron a fabricar embarcaciones o a la pesca individual, y si tenían ahorros suficientes, los invertían en la compra de embarcaciones y aparejos convirtiéndose en dueños. La producción de pescado aumentó sin que se produjeran cambios en la organización de los grupos de pesca. No obstante, sí se produjeron ligeras variaciones técnicas: en las
redes, las fibras vegetales fueron sustituidas por hilo de pita y en las embarcaciones, a la fuerza de los remos se sumó el viento con el uso de velas.
(Tomado de “Pescadores de Paraguaná”, de María Matilde Suárez y Eduardo Bermúdez Gómez).
En el siglo XX:
A comienzos del presente siglo, las rancherías de pescadores estaban localizadas a lo largo de toda la costa peninsular. En contraste con la abundancia de pescado, el agua escaseaba y este problema se hacía aún más difícil de sobrellevar entre las familias de pescadores, por las sequías prolongadas que todavía hoy caracterizan el medio ambiente.
Como el dinero no circulaba, el producto de la pesca era intercambiado por agua y muy frecuentemente también por sal, la cual era indispensable para conservar el pescado. Los propietarios de tierra podían ser dueños de buena parte de las salinas y los pescadores se veían forzados a comprarles la sal pagando con pescado.
Entre los pueblos del interior, siento de los grandes y medianos propietarios, con un producción básicamente agrícola y ganadera, y los pescadores de la costa, se establecieron con estas relaciones de intercambio fuertes nexos de dependencia, los cuales podían dar origen relaciones de subordinación cuando los pescadores no eran dueños de sus embarcaciones. En este caso, el pescador participaba en la salida de pesca como mano de obra y el patrono, dueño de la embarcación, permanecía en tierra después de fijar las condiciones de trabajo. Una de ellas era “la deuda”. Como los pescadores no eran pagados en jornales, recibían “a cuenta de la pesca”, del dueño de la embarcación, usualmente también dueño de la bodega, provisiones para la familia. Al regresar a la playa con la captura, la parte de producto que correspondía al pescador, nunca alcanzaba para saldar “la deuda” contraída y ésta era transmitida de padres a hijos. Estos a su vez, eran obligados a trabajar por el dueño de la embarcación durante años, sin poderse liberar de la sujeción a la que los sometía “la deuda”.
(Tomado de “Pescadores de Paraguaná”, de María Matilde Suárez y Eduardo Bermúdez Gómez).
(Continuará)
En la segunda mitad del siglo XIX la península se encontraba en plena recuperación económica. Los puertos habían aumentado la actividad comercial, la tierra se había valorizado, la producción agrícola se hizo rentable, las casas comerciales tuvieron mayores beneficios con la diversificación de los rubros exportables y proliferaron centros de acopio, tiendas y bodegas en pueblos y ciudades. El comercio se efectuaba con Maracaibo, Barquisimeto y las Antillas Holandesas. El puerto más importante era el de Adícora en la costa oriental, pero los fondeadores de la costa occidental eran un hervidero de tráfico de mercancías. Entretanto, la pesca todavía abundante, era una importante fuente de subsistencia cuyos excedentes eran comercializados localmente. Richard Ludwig, conocido naturalista alemán, recorrió la zona entre 1886-1888 y sus observaciones son pertinentes: “los habitantes viven del comercio del dividivi y cueros de chivo, de la pesca y cría de ganado caprino. Durante el camino no se encontraron casas, un viajero solitario nos ofreció agua. Por toda la costa hay chozas de pescadores en su mayoría con techos de tortuga, pero una sola está habitada. Sin embargo parece haber abundancia de tortugas y pescado”.
A finales del siglo, la economía local continuaba próspera y dependiendo de la explotación agrícola, de la ganadería y también del contrabando. Este último, es preciso recordarlo, siempre fue para Paraguaná una fuente de ingreso.
La pesca además de asegurar el sustento de la población costera, era un producto intercambiable por agua, sal y provisiones con los habitantes de los pueblos del interior. Los grupos de pescadores estaban formados en base a nexos familiares y las destrezas que el oficio requería.
(Tomado de “Pescadores de Paraguaná”, de María Matilde Suárez y Eduardo Bermúdez Gómez).
(Continuará)
Después de Ojeda, la labor de explotación y colonización del territorio peninsular fue proseguida por Juan de Ampíes en 1526. A fines del siglo XVII, la población aborigen había disminuido sensiblemente su tamaño. Buen número de Caquetíos había sido trasladado a la fuerza por islas de Curazao, Aruba y Bonaire (Ramos 1978). Avanzado el siglo XVIII, la prosperidad de la economía colonial dependía de la agricultura y la ganadería. Los hatos proliferaron en las tierras del interior y el régimen de posesiones concentró la propiedad territorial en manos de las familias que siendo descendientes de los españoles, tenían el mayor rango económico y social de la población. En la costa, los puertos y fondeadores eran muy numerosos, la pesca seguía siendo abundante y la producción eran destinada al consumo y al comercio local. Sobre el particular, Altolaguirre y Duvale (1954) refieren que entre 1767 y 1968 “tienen los habitantes de dicha Península, la pesquería de abundante pescado, y tortuga, el que salado le sirve para el propio sustento, y para comerciarlo con los vecinos de esta Ciudad, y labradores de los campos, a trueque e dinero, y frutos, comestibles”.
Esta situación se mantuvo más o menos estable hasta la guerra de la independencia (1810-1823) cuando la destrucción se adueñó del territorio. Los indígenas eran partidarios del régimen español (Arcaya 1974); no obstante la guerra generó en estas poblaciones una importante disminución demográfica: “los dos pueblos de indios que antes de la guerra pasan de ocho mis almas, después de ella no llegaban a un mil ochocientas. Las guerras, el hambre y la emigración había acabado con ellos”.
La Península, alrededor de 1830, era una tierra asolada. Los ejércitos habían consumido los rebaños y la agricultura, abandonada por falta de mano de obra, apenas producía para subsistir (Arcaya 1974). La pesca era para esa época una actividad económica secundaria, destinada al consumo y al comercio local. Los pescadores formaban pequeños núcleos en enramadas y rancherías diseminadas a lo largo de las costas.
Después de la guerra comenzó un lento proceso de reconstrucción económica basado en gran parte en una nueva ley de tenencia de la tierra, según las cual la propiedad comunitaria indígena quedaba disuelta (Gonzáles Batista 1984). Comenzaron a llegar contingentes de población atraídos por el comercio de las tierras, siendo éstas adquiridas por criollos que progresivamente fueron formando grupos de medianos y grandes propietarios: “los nuevos propietarios, el dinamismo que adquiere durante la primera mitad del siglo la compra-venta de derechos en las posesiones contribuyó a repoblar y renovar el vecindario peninsular”.
(Tomado de “Pescadores de Paraguaná”, de María Matilde Suárez y Eduardo Bermúdez Gómez).
(Continuará)
La península fue descubierta por Alonso de Ojeda en el año de 1499. Fue él quien puso el nombre al cabo San Román, en el extremo septentrional y fue él quien en 1504 hizo la primera referencia escrita a Paraguaná, palabra de origen Arawak cuyo significado posible es “dentro del agua” (Gonzáles Batista 1984). En su segunda expedición, que salió de Cádiz en 1502, Ojeda tuvo una iniciativa considerada como el “primer intento colonizador en el continente”. Nos referimos al establecimiento de Santa Cruz. Este fue un recinto defensivo rodeado de una muralla a medio terminar que Ojeda y sus compañeros destinaron a la guarda de bastimentos y armas. Fernández de Navarrete fue el primero en dar noticia de la existencia de Santa Cruz, pero ubicándolo en Bahía Hoda en la Península de la Goajira. Posteriormente, Arcaya señaló que Fernández de Navarrete se había equivocado y que Santa Cruz fue establecida en tierras paraguaneras, posiblemente en lo que es hoy el poblado de Los Taques.
No obstante este primer intento fallido de colonización el poblamiento de la costa nororiental de Paraguaná prosiguió y como el propósito de Ojeda era fundar poblaciones para explotar los yacimientos de oro y perlas que presumiblemente existían en la zona, los núcleos de población se fueron estableciendo a lo largo de la costa.
La existencia de manantiales fue un factor determinante para que desde los inicios de la conquista se diese un poblamiento costero de la península. Ese fue el caso de Nicolás Federman quien en 1530 entró por la bahía de Chaure y desembarcó en la Macoya al norte, en las inmediaciones de una fuente de agua de indudable valor estratégico para el poblamiento.
Además de las fuentes de agua, otro de los requerimientos en el proceso colonizador que contribuyó aún más al poblamiento de la costa, fue la instalación de puestos de vigilancia en manos de los Caquetíos para prevenir las frecuentes incursiones de holandeses e ingleses.
(Tomado de “Pescadores de Paraguaná”, de María Matilde Suárez y Eduardo Bermúdez Gómez).
En términos lingüístico, los aborígenes de Paraguaná pertenecieron a la familia Arawak. La fuentes etnohistóricas señalan que en época prehispánica, y hasta bien avanzada la colonia, los grupos aborígenes que ocupaban la región eran Caquetíos. Es de interés destacar que la investigación arqueológica ha confirmado que la tradición cultural Dabajuroide tiene “perfecta armonía con la distribución del grupo etnolinguístico denominado Kaketio”.
En lo que se refiere a las distribución territorial, los Caquetíos se extendieron, además de Paraguaná, a las islas de Curazao, Aruba y Bonaire, alas costas del lago de Maracaibo, a la desembocadura del río Yaracuy, a los llanos de Apure, y a las sabanas de los ríos Meta y Casanare .
Los Caquetíos no fueron belicosos, más bien eran sumisos y amigos de los españoles. “Mantenían los indios paz entera, mayormente la gente caquetía, por ser en sus costumbres más sincera, con cierta presunción de hidalguía”.
Los Caquetíos que poblaban la Península estaban ubicados en las llanuras del interior y a orillas del mar. En la época colonial, estos indígenas eran para los españoles de Coro, ciudad fundada en 1527, una fuente segura de suministro “esta provincia es muy abundosa de caza... y pescado... los indios que en ella habitan son de nación caquetíos... estos indios sustentan a los españoles que residen en Coro de caza y pesca, porque son indios muy domésticos”.
El tráfico comercial se efectuaba por vía marítima (los Caquetíos eran expertos navegantes) o por vía terrestre, por los caminos principales que surcaban el istmo, uno al oriente por la costa lisa y arenosa y otro por el oeste bordeando el golfete.
En el aspecto político, los poblados Caquetíos estaban organizados en cacicazgos presididos por la autoridad incontestable de un jefe supremo. Estos indígenas tenían así una identificación territorial que se fue perdiendo desde el arribo de los españoles.
(Tomado de “Pescadores de Paraguaná”, de María Matilde Suárez y Eduardo Bermúdez Gómez).
(Continuará)
NUESTRAS RAÍCES
A pesar de la separación geográfica del resto del territorio impuesta a la península por la insularidad y el istmo, allí florecieron poblaciones aborígenes pertenecientes a la tradición cultural Dabajuroide. Las evidencias arqueológicas indican que alrededor de los 600 años D.C., en la época Neo-India, estos grupos fabricaban cerámica usando la técnica del enrollado. La decoración más usual eran los motivos geométricos polícromos y los diseños punteados. Las bases de las vasijas eran anulares caladas, los boles tenían los lados encorvados y las ollas los cuellos acintados. Los yacimientos Dabajuroides están formados por acumulaciones de desperdicios de comida y los hallazgos sugieren que esas poblaciones tuvieron una subsistencia íntimamente ligada al mar. Conchas, restos de moler, metates y gubias de concha, hacen pensar que los Dabajuroides basaron sus subsistencia en la pesca y la recolección de moluscos, crustáceos y frutos silvestres.
Se supone también que las poblaciones aborígenes de Paraguaná y del norte del Estado Falcón fueron, además de recolectores marinos, cazadores de pequeñas especies animales y agricultores incipientes. Estas poblaciones tenían en la concha y el hueso las materias primas más usadas para satisfacer sus necesidades tecnológicas.
La península de Paraguaná
BREVE RECUENTO HISTÓRICO
La península de Paraguaná, situada en el estado Falcón, en la costa occidental del país, tiene más de 3.000 kilómetros cuadrados de superficie y es el mayor saliente norteño que tiene el territorio venezolano en el mar Caribe.
La Península se adentra en el mar como una avanzada y está unida a tierra firme por un istmo rocoso que bordea por el este al golfete de Coro. Este istmo es llamado “Istmo de Médanos” por la arena que incesantemente es movida de un lado a otro por los vientos alisios que soplan del mar. La costa en la zona tiene una alta salinidad y es baja e inundable.
En épocas remotas se llegó a pensar que la Península era una isla. En 1546, el Gobernador de la Provincia, Juan Pérez de Tolosa, decía en su relación al Rey: “a 12 leguas de la ciudad de Coro hace la mar una anconada de tierra que casi se podría llamar isla, y se llama Paraguaná”. Más tarde, en 1773, el Obispo Martí al describir el paisaje en ocasión de su visita pastoral, también apreció el carácter insular de la Península: “Después de una legua de haver (sic)salido de Coro, empiezan los médanos, estos es, montes de arena que el viento haze (sic) ir de una parte a otra. También se passan (sic) terrenos de salinas.... Esta península es el istmo (sic) o parte más estrecha.... algunas vezes (sic) es perfectamente isla”.
LAS CUMARAGUAS:
Es un sitio natural tipo salinas, ubicadas al noreste de la Península de Paraguaná, específicamente en el municipio Falcón. Su acceso es por vía terrestre.
Presentan un espectáculo digno de ver en horas del atardecer, cuando el tanino que contienen las aguas que irrigan ese sector les torna el color rojizo. Posee excelentes playas para la práctica del windsurf, donde se acostumbra hacer regatas.
EL CERRO SANTA ANA:
El Cerro Santana, localizado en el centro de la Península de Paraguaná, fue declarado Monumento Natural, mediante Decreto Ejecutivo Nº 1.005, de fecha 14 de Junio de 1972. El Cerro Santa ana se destaca por ser la única elevación con 830 metros de altura, en la Península de Paraguaná. Su cumbre realmente está constituida por tres picos que se extienden de este a oeste en el siguiente orden: el Picacho de Buena Vista, el Picacho de Santa Ana (centro) y el Picado Moruy (el más alto).
MÉDANOS DE CORO:
Fue declarado Parque Nacional el 06 de Febrero de 1974. Los Médanos es un paisaje desértico único en Venezuela. El Parque abarca una extensión de 91.280 hectáreas, de las cuales 42,160 son de tierras continentales y más de 49.120 de superficies marinas.
Los Médanos de Coro están ubicados exactamente en jurisdicción de los Distritos Miranda y Falcón del Estado Falcón. Los Médanos se inician en Coro y abarca el territorio del Istmo que lleva su nombre.
Los médanos cambian gracias a la acción del viento, lo que constituye la característica más destacada de este parque. En los alrededores se encuentran manglares, espinares y tierras con vegetación herbácea. El número de especias vegetales es reducido, debido a la aridez de la zona. Predominan el cují, el cactus, las tunas y los cardones. La fauna es asimismo escasa. Predominan los reptiles y lagartos. Los mamíferos más comunes son el chivo, el zorro común, murciélago, oso hormiguero y conejo.
Según Gerardo Yépez Tamayo, los Médanos de Coro se formaron por la acción constante de los vientos alisios que soplan por lo general de este a oeste.
En general, el proceso de formación de los desiertos como los Médanos, que son dunas o acumulaciones de arena es un proceso erosivo de mucho tiempo de la acción constante del viento sobre las rocas. El viento al desplazar las rocas continuamente y por un periodo largo de tiempo, las parte en pedazos muy pequeños convirtiéndolos en arena. Luego esta arena al desplazarse, por la constante acción del viento, se va acumulando en montones, sobretodo cuando encuentra algo que las detiene, y así se van formando las dunas, que continuamente cambian de forma ya que están en continuo movimiento. Por ello también los médanos han recibido el nombre de arenas nómadas.
GASTRONOMÍA FALCONIANA:
De los cuatro grandes paisajes falconianos (el mar, las tierras de la costa, de la montaña y de los valles marítimos) obtiene básicamente su condumio los pobladores de estos casi 25.000 kilómetros cuadrados, que es el estado Falcón.
El mar ofrece su carga de carites, jureles, cunas, pargos, y cazones, así como de camarones y calamares. Los pescados nutren las ollas de los sancochos, de los guisos o de los pescados fritos.
La Costa, austera hasta la perplejidad, aporta los cardones y los chivos, que representan el alma gastronómica de esta tierra bravía, donde “los hombres huelen a chivo… y se lo comen”. Y en la Costa también encontramos al coco y a la estrella de la gastronomía falconiana, que no es otra que la carne del chivo, comida de mil formas, fresca o salada, en sancocho o frito, asado o guisado. Pero las dos manera preferidas son en forma de mute, que es una sustanciosa sopa hecha con vísceras y cabeza de chivo, acompañada de legumbres diversas, bolitas de masas de maíz y papelón raspado; y la ceniza o salón coriano, que es carne de chivo capón, salada y secada al sol, que se prepara a la bucana, asada a fuego lento, y que se como acompañada de cazabe o arepa y suero o nata, o que también se prepara guisada, sancochada o frita. De la leche de la cabra, se obtiene el famoso dulce de leche paraguanero, que se prepara a fuego lento, mezclando leche, azúcar o papelón, corteza de limón y vainilla; y por supuesto el delicioso queso de cabra, que no falta en ninguna mesa falconiana.
De la montaña, con sus suaves ladera, y de los valles que se abren hacia el mar, viene todo lo demás: el maíz, de cuyos granos se elabora la arepa pelada, que es una arepa gruesa, de apariencia tosca, un poco áspera al tacto y de color crema a gris, elaborada a partir de granos de maíz remojados durante varias horas en ceniza, y luego molidos con “concha y todo y pico”.
Toda suerte de granos leguminosos, entre los que se destaca la caraota negra, el frijol y el quinchoncho. El ñame y el ocumo, infaltables en la mesa campesina, así como el plátano y el cambur. La caña de azúcar, que es el café clarito, guarapo, guayoyo, y que no es más que una infusión preparada con polvo de café reutilizado, sin colar y que se deja asentar.
En esa zona se come mucha carne de cerdo, que da resistencia para la brega fuerte. El plato más importante de los preparados con el cerdo, marrano o cochino, es el celse coriano, que se parece tanto al sauce de la Península de Paria: la cabeza de cerdo, sin piel y lavada hasta quitarle la sangre, se sancocha junto con las patas y las orejas. Se le separa la carne, se corta en trocitos y se lava de nuevo para que suelte la mayor parte de grasa. Después se le agrega vinagre mezclado con agua, ají al gusto, pimienta negra en grano y rodajas de cebolla.
(Tomado de www.visitfalcon.com).
EL BAILE DE LAS TURAS:
Es una celebración de origen indígena que se hace en honor a la madre naturaleza y a la fecundidad en época de las cosechas. Se realiza en Maparari, localidad situada en la parte sur de Falcón, en límites con el estado Lara, en el mes de septiembre, y a pesar de encontrarse este rito incorporado a la fiesta que celebran en honor a la Virgen de Las Mercedes para el 24 de septiembre de cada año, conserva su propia identidad.
Los integrantes de la sociedad religiosa a cargo des festejo están constituidos jerárquicamente. Hay un capataz que usa un látigo, como símbolo de máxima autoridad.
También 8 mayordomos, cuyo mandato es renovado anualmente.
LOS LOCOS DE LA VELA:
La fiesta de Los Locos se celebra de distintas maneras en diferentes regiones del país. En el occidente, en el estado Falcón, específicamente en La Vela de Coro, es donde Los Locos han alcanzado su mayor esplendor y continúan siendo la tradición número uno que engalana el acervo cultural de esta bella población situada al norte de la geografía caquetía. Aunque la costumbre de Los Locos se extendió por varias poblaciones de la costa, es en esta región donde la fiesta ha tenido una mayor significación histórica, cultural y hasta diplomática por cuanto han sido ellos nuestros mejores embajadores poniendo en alto la tradición veleña, siendo resaltados por muchos de los diarios de circulación nacional e internacional.
Los Locos se adueñan del pueblo cada 28 de diciembre, donde la tradición la forman varios personajes, uno de ellos es “LA MOJIGANGA”, quien recorre el día 27 en la noche a partir de las 7 p.m. Las diferentes calles del pueblo anunciando la venida de Los Locos. Vestida con levita negra y un sombrero chistera, se balancea torpemente sobre una burra, llevando entre sus ropas las invitaciones a las casas que serán visitadas por Los Locos al siguiente día. El 28 de diciembre en la mañana se oye el primer cohete, y una figura mal vestida, como pordiosero, el “EL CORREO”, quien toca de puerta en puerta en las casas donde la Mojiganga dejó el oficio el día anterior. Al escuchar el segundo cohete, los dueños de comercio cierran sus puertas por temor a los disfraces, que buscan llevarse todo lo que puedan. Al tercer cohete, ya Los Locos están en las calles con sus trajes de colorines, el cucurucho de raíces de cují y sus máscaras pintadas, siembran terror entre la chiquillería.
Los trajes han cambiado. Recientemente en las fiestas se usan las llamadas “FANTASÍAS”, los motivos son muchos: animales, bestias, personajes y toda clase de formas creadas por la imaginación de los veleños, quienes trabajan en la elaboración de sus disfraces todo el año.
Aunque la tradición se ha mantenido, muchos de los elementos que la conforman han variado con el paso de las generaciones. En la actualidad Los Locos no se llevan nada de los comercios ni de las casas que visitan; sin embargo, en las calles se reúnen las familias y preparan comidas y bebidas para ofrecerlas a las personas disfrazadas que bailan al ritmo del cuatro y los tambores, acompañada de una orquesta que contrata la junta de Los Santos Inocentes, organismo que hace más de 50 años organiza esta fiesta centenaria. Con la premiación de los bellos trajes y una fiesta que se prolonga hasta las primeras horas de la mañana del día 29, termina una edición más de “Los Locos de La Vela”.
(Tomado de www.visitfalcon.com).
LOS LOCOS DE LA VELA:
Los locos en acción:
El primer día sale la conocida “mojiganga”, que es una persona vestida horripilantemente y montada en un burro para burlarse de todos espantando a la gente con un bejuco, como antesala a la gala de los “locos”. El segundo día, desde muy temprano se presentan ante las autoridades civiles que formarán parte del jurado para darse a conocer formalmente.
Luego, el desfile oficial ante el público asistente –turistas, visitantes y locales- es en la Plaza Antillano. Personas residenciadas en Curazao vienen exclusivamente para asistir a la comparsa.
Durante la contienda, los participantes están muy pendientes de cuál de los otros grupos podría ser su competencia; nadie sabe quién, y no es sino hasta el momento de la premiación cuando revelan sus identidades.
El ímpetu, la constancia y la resistencia se notan con el transcurrir del desfile: el trabajo de llevar encima hasta 60 kilos, durante 12 horas que dura el recorrido por el pueblo, no es fácil. Los protagonistas aguantan, gracias al bullicio de la música, la alegría de la multitud y el típico tambor veleño, que también entra en acción para darle vida a esta trayectoria: “sin tambor no hay locos y sin locos no hay tambor”, comenta el portavoz de esta organización, Críspulo Chávez. Al final, se gratifican los disfraces que tengan más creatividad y mayor aceptación dentro del público asistente; se reparten hasta 30 millones de bolívares en premios.
Las locuras de estos artistas populares son conocidas en toda Venezuela y hay logrado impresionar hasta fuera de nuestras frontera, tal como ocurrió en Bélgica.
Este año se cristalizó un anhelo de los organizadores de la fiesta: tener un museo para conservar trajes. Mientras terminan de restaurar “el manicomio”, los vestidos se guardan en La Vela, y aunque sean grandísimos y ocupen buena parte de las pequeñas casas, los conservan como el tesoro más preciado. Por esos, la familia Cordero prestó un espacio para exhibir la gama de vestuarios, mientras se termina con la restauración de su nueva galería. La sed la repara un gran “loco” con sus propias manos.
Algo que resume un sentimiento que cada año los motiva a mantener viva esta tradición es la expresión emitida por el vicepresidente de la agrupación, Pedro Castellano: “Somos locos, de corazón”.
(Tomado de la Edición Aniversaria del periódico Nuevo Día, 28 de Octubre del 2005, escrito por Jhan Franco Ochoa).